sábado, 22 de diciembre de 2012

Payaso Bomboncito 4: Piña va, piña viene



Si algo le sobra a Bomboncito, ese algo es espíritu de lucha. Por más que acumule fracasos, como el de la semana pasada en la escuela. Pese a la lluvia, quiso sacarle una sonrisa a los pibes del barrio. “Hola soy el monstruo Bomboncito”, gritó apareciendo de la nada a la salida de clases. Claro, los chicos vieron esa imagen del payaso mojado, con la cara manchada porque el agua le había corrido el maquillaje, y se pusieron a llorar. Un par, muertos de miedo, cruzaron la calle solos y casi los pisan. El escándalo, con carterazos varios de las madres al payaso malherido, derivó en una denuncia policial y que Bomboncito pase una noche en la comisaría.
En la celda tuvo suerte. Se salvó de una golpiza porque uno de sus seis compañeros del calabozo de dos por dos se apiadó y convenció al resto. “No vale la pena, muchachos”, le dijo al resto. “¿Pero no escuchaste el chiste pelotudo que contó?”. Bomboncito quiso animar el mal momento y sacó un as de su galera: “-¡Hola! ¿Hablo con el 55565432?”. “-No, pero espere, lo voy a buscar a su celda”. Se salvó porque el fin del mundo no existe, pero los milagros sí.
Pero, está claro, Bomboncito tiene espíritu de lucha. Por eso ideó un plan infalible: ir a un baile de disfraces de fin de año. Total, el ya tenía la vestimenta y el maquillaje. Sólo tenía que hacer reir. Y hasta tal vez de rebote ligaba algún beso robado. Es que para apaciguar el dolor, el mejor analgésico son los besos robados y las sábanas revueltas.
Se puso su mejor perfume, el desodorante de la propaganda (“si tengo éxito voy y le compró todo el stock al chino”, pensó) y, por las dudas, en un bolsillo, una caja de preservativos. Entró al salón y miró: sobresalían Shrek, Tarzán, Barney, Batman y Gatúbela, un cura con un muñeco de un nene a su lado, un hada, una marinerita, y una Caperucita roja radiante, hermosa, con el pelo largo y las tetas bien grandes, como le gustan a Bomboncito. Y un payaso… ¡¡¡UN PAYASO!!!
-¿Qué hacés acá?, lo increpó Bomboncito.
-Soy el payaso cordobés ivos. Y vine a esta fiesta a levantar guasas. ¿Y vos?
-No hay espacio para los dos.
-Bueno, andate, yo llegué primero. ¿Y vos?
-Yo llegué segundo, pero yo soy el famoso payaso Bomboncito. Y no me digás ¡Y vos! Me revienta que me digan eso!
-Yo en Córdoba hago shows en las plazas para 100 personas. ¿Y vos?
-No importa, yo tengo mejores chistes. Seguro. Escucha: "-Un carbón le dice a otro: ¡te invito a un asado!  "Dale, me prendo!".
-No, guaso. Ese es muy malo. Así no se hace. Mejor este: "Hola Caperucita, te voy a dar un beso donde nadie nunca te lo ha dado!". Y la guasa contesta: "Bueno lobo, ¿Será en la canasta?". Ese es bueno… ¿Y vos?
Justo en ese momento la caperucita de pelo largo y tetas muy grandes pasaba detrás de los dos payasos. “Que buen chiste cordobés”, le dijo y le dio suave e irresistible beso en la comisura de los labios. “Espera, mirá, yo hago figuras con globos”, atacó Bomboncito. Sacó un profiláctico del bolsillo, lo infló, dijo “un consolador” y lanzó su grito de guerra: “Cha chaaan”. Caperucita lo miró con desprecio y le dio un largo beso de lengua a ivos, el payaso cordobés. “Me voy con ella. ¿Y vos?”.
Fueron dos trompadas a la cara del cordobés y una semana en prisión. Ese tiempo le sirvió para pensar mucha sobre su vida. Para, pese a todo, soñar cada noche con la Caperucita que seguro estará en brazos de otros. Y para entender que los chistes de presos, a los presos no les gustan. Lo entendió después de decir: “Están dos presos en la cárcel y uno le pregunta al otro: “Porque estas aquí”. Y el otro le responde: “Porque no me dejan salir”. Esta vez no hubo nada que hacer: se ligó otro puñetazo en su cara maquillada por los golpes de la vida.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Bomboncito 3: Encarcelado

Había una vez un payaso llamado Bomboncito que nació en la cabeza de un narrador de alcantarillas. Tenía mil días por vivir, mil sonrisas que entregar, mil historias que contar. Y ahí estaba Bomboncito, yendo de una neurona a otra, imaginando escenas, soñando actuaciones. Siendo feliz a su manera dentro de este calabozo a modo de cráneo.
Como en tantos cuentos reales o ficticios, la trama ha llegado a un nudo que cuesta desenredar. Blanco creativo, que le dicen. ¿Demasiado rápido ya que sólo van dos capítulos? Es posible. Pero así están las cosas para el payaso Bomboncito. Quiere ser libre y traspasar monitores, pero no hay dedos que tipeen sus aventuras de héroe frágil y acovachado. Y sacar sonrisas tontas con chistes bobos. Como aquel que pregunta quien es el hombre más calmo del mundo, y se responde el hijo de Suiperman, porque es supermansito...
Al fin de cuentas, como decía aquella vieja canción, todos somos héroes anónimos, guerreros en este lugar. Peleando con el corazón...

viernes, 12 de octubre de 2012

Payaso Bomboncito 2: El paragüazo

La vida frustra los mejores planes. Y hasta con aires maquiavélicos, la muy guacha parece sonreír cuando logra su cometido. Maldita... Siempre gana. No sirve elaborar con precisión ajedrecística un día si después todo se destartala como un castillo de naipes ante un mínimo soplido.
Por eso lados de filosofía barata andaba la cabeza de Bomboncito cuando en el pasillo, casi entrando a su departamento, escuchó la voz que ese día, justo ese día, no quería escuchar. "Ey, Bombi, ¿qué te pasó en la cabeza que tenés esa venda?".
Bomboncito rebobinó. A la mañana quiso salir a comerse el mundo creyéndose lobo, cuando en realidad era el cordero más tierno para ser devorado por esta trama maliciosamente guionada. Con un entusiasmo que no tenía desde hacía mucho, exacatamente desde que aquella noche se deglutió a su gran amor, decidió por fin darle vida al Payaso Bomboncito. Venció miedos, corajeó temores y enterró pudores. Se pintarreajó de blanco la cara, los cachetes rojos, la nariz redondita del mismo tono, un sombrero gracioso y ropa bien colorida. Zapatos de gigante para su corazón pequeñito. Y a conquistar la ciudad.
Iba feliz regalándole caramelos a los chico. Contando chistes cortos y tontos, pero efectivos. "Mamá, me mordió una serpiente... ¿Cobra? No, gratis...Cha chaaannn". Y regalaba un caramelo. "¿Uno verde rápido? Una lechuga en moto... Cha chaannn".
Había recolectado cinco sonrisas de grandes, tres de chicos y hasta el facebook de una rubia bonita que quien sabe porque se enterneció al verlo. "Mujeres, quien las entiende. Voy a tener que sacar un facebook del Payaso Bomboncito", pensó. Era el mejor día de su vida, hasta que decidió probar suerte en un colectivo...
Improvisó su acting. "Soy el Payaso Bomboncito, el que te saca una sonrisa de a poquito... Sí, el que te la saca de a poquito. Uy, sonó feo eso, ¿no?". A la vieja del primer asiento no le causó gracia. Nada de nada. Al grito de "guarango", le encajó tres paraguazos en la cabeza. Bomboncito, sangrando, le dijo: "Señora, hay un sol hermoso, ¿qué hace con paraguas". La respuesta fueron tres golpes más. Bomboncito se bajó del colectivo. Estab por llorar de impotencia, hasta que vio que dentro del colectivo muchos se reían. Así que desde abajo los miró y se despidió: "Cha chaaan". Hay veces que la vida regala victorias inesperadas en batallas que se perdieron.
-Ey, Bombi, ¿me decís que te pasó?
-Sí, Curda, me lastimé jugando al fútbol...
-Que pelotudo. ¿Y qué hacés así vestido de Payaso?
-Vivo la vida, Curda. Vivo la vida...

jueves, 11 de octubre de 2012

Payaso Bomboncito 1: El comienzo

La noche se la deglutió en cuestión de segundos. Como fantasma, su gran amor se perdía en la oscuridad de esa fría noche de invierno. Parado sin mover ni un milímetro de su cuerpo, se frotó los ojos esperando el regreso que nunca llegó. Esta vez no.
Sus viejas zapatillas, apenas más gastadas que su alma, lo guiaron de memoria hasta su casa. "Chau Bomboncito", lo saludó el kioskero de al lado. Lo de Bomboncito lo acarreaba desde la infancia: una tía gorda y pegajosa lo pellizcaba y besaba sin parar, hasta que no se le ocurrió nada mejor que decir: "Ay, que dulce y rico, sos como un bomboncito”, mientras escupía pedacitos de empanadas de atún. Y quedó bomboncito, como una espina que no sale.
"Ey, Bomboncito, ¡qué cara que tenés amigo!". No necesitaba darse vuelta y mirar al autor de la frase. El tono, el ímpetu y esa voz que arrastra las letras delataban al vecino amigo del alcohol. "Hola Curda. Sí, mala noche. Amores que matan y nunca jueren, como dice Sabina", le contestó mientras terminaba de caminar el pasillo oscuro. Su vecino ni lo escuchó: ya estaba adentro de su casa y el ruido de un par de botellas chocando sus cuerpos confirmaba lo de siempre: otra noche de penas ahogadas en vasos mordidos.
"Tal vez eso necesite hoy. Ahogar penas", pensaba Bomboncito mientras se miraba al espejo. Revisó su despensa y encontró una gaseosa a medio tomar, tres sobres de jugo y un porrón de cerveza como lo más fuerte para sacudir su alma. "Ni para esto sirvo", masculló. El sonido del timbre lo devolvió a la realidad.
"No encuentro el sacacorchos", le dijo el vecino. "Pasa". El Curda entró, fue directo a la heladera, le dio un par de mordidas a un sándwich de milanesa, se sentó en el sofá y comenzó el diálogo:
-Contame, Bomboncito.
-Es tan contradictorio... En un minuto me pasa que no quiero verla más, que me muero por estar con ella, que entiendo que se terminó, que no entiendo porqué se terminó. Y al minuto siguiente lo mismo. Y al siguiente, y al siguiente.
-Yo te entiendo. Es como lo que me pasa con el whisky. Me hace daño, pero lo amo. Y no hay explicación. Es amor eterno.
-¡No podés comparar!
-Vos lo primero que tenés que hacer es maquillarte o hacer algo con tu cara. Sacate esas ojeras. Tenés que reírte más, hacer reír. Vos sos un tipo gracioso, che. Yo te miro y me dan ganas de reírme...
A Bomboncito se le iluminó la cara. Salió corriendo al baño. Volvió a los cinco minutos, maquillado de blanco, nariz roja y gorrito simpaticón que sobraron de un cumpleaños con carnaval carioca.
-Me diste una gran idea, Curda. Voy a ser el Payaso Bomboncito. Voy a ir por la calle alegrando gente.
-¿Vos? ¿Pero estás en pedo? Mirá, para tomar hay que saber y vi que tomaste media cerveza...
-Estoy perfecto. Payaso Bomboncito. Es genial. Ya tengo muchos chistes en la cabeza.
-Contame uno, a ver. -Uno de borrachos. Sin ofender. Va un borracho en moto y choca con una señal de tráfico. Llega el policía y le pregunta: "Señor, ¿no vio la flecha?". Y el borracho responde: "Ni la flecha ni el indio que me la tiró". ¡Cha chaaannn!
-Me dás el sacacorchos, Bomboncito.

martes, 9 de octubre de 2012

201

Este post es el 201. Por ende, si las matemáticas no fallan, el pasado fue el 200. Redondito. Estaba perfumado, listo para ir a una fiesta. Pasó por este mundo con pena y sin gloria... Sus anteriores 199 recorrieron caminos similares. Entusiasmados, brotaban del teclado directo al monitor para luego ser parte del ciberespacio. Letras, más palabras, más oraciones. Ideas, pensamientos, presuntuosos cuentos. Y vida. Mucha vida. La propia, escondida en entrelíneas que a veces cuestan tanto descifrar que parecen acertijos. Será que de eso se trata gran parte de esto que llamamos vida: pseudo acertijos por descifrar. Y acá estamos. Tres años y monedas después de aquel primer post. Con 200 escritos y uno por terminar. Con más arrugas y más canas. Más alegrías. Más tristezas. Más certezas y menos dudas. Con los pies más gastados y el corazón con menos fuerza. Más camino hecho y menos por hacer. Pero con la certeza que quedan muchas mañanas de sol listas para ser vividas. Y contadas.

jueves, 4 de octubre de 2012

Citas

Penny lleva en auto a Sheldon a una cita. A la que será su primera cita. Diametralmente opuestos, en el camino hablan sobre citas y aprendizajes. Penny le dice: "Si es tu primera cita, deberías saber algunas cosas". La respuesta, sheldoniana, es: "Tengo dos doctorados y una maestría, todo lo que tengo que saber, lo sé". Penny, insiste y apunta: "Pero yo sé más de citas que vos, tal vez pueda darte algunos consejos". Sheldon, sagaz, contesta con una pregunta: "¿Y si sabes más de citas porque esta noche no tiene otra cosa mejor que hacer que llevarme en tu auto?". Penny hace silencio. Se rinde... ¿Quién sabe en esta vida? Mejor todavía, ¿qué es saber? El aprendizaje de uno no es el aprendizaje de otro. Cada uno aprende a su manera. Lo que quiere. Como puede. Y cada uno lo vuelca a su modo. Porque esos somos: seres en constante aprendizaje de esa maestra implacable y absurda que se llama vida.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Celular

La cola, fría, apoyada en la vereda. La espalada, fría, sobre la entrada de esa casita de barrio. La noche, fría, regalando más desolación. Es la especialidad de la casa: las noches mal paridas ofrecen como menú principal un plato cargado de desolación. "Para compartir", dirían en un restaurant. Tan cierto y cruel: las desolaciones se comparten... "¿Quién habrá inventado este aparatito de mierda?", se preguntaba el pibe, tirado en el piso con la esperanza congelada en esa noche fría. "Estoy abajo, enfrente de tu casa. Te espero. Mandame mensajito, por favor. Hablemos". Y pasan los segundos, los minutos, las horas. Y el celular no dice nada. De nada. El silencio se apoderó de su alma, si es que tiene corazón el muy maldito teléfono. "Encima pasa este tipo con cara de pelotudo", refunfuñaba el pibe. Hasta que...¡Milagro, sonido de mensaje! Pero el celular no muestra nada en el buzón de entrada. Nada. El tipo con cara de pelotudo está diez pasos más allá. Se detiene, saca el aparatito del pantalón, aprieta las teclas, sonríe y espera. Sí, el muy cretino espera. Sabe que la respuesta será inmediata. El sonido llega, pero es el propio celular. "Sí, sí, sí", se festeja. El corazón se acelera. Hay un 1 en el buzón. "Síííí". Pero no. "Somos diez para el partido de mañana. Viene Juancito. Nos vemos". Otro sonido interrumpe la calma de la fría noche, que a esta altura es más despiadada que helada. La temperatura se soporta. El desamor no. El tipo con cara de pelotudo mirá su teléfono, sonríe, mueve su brazo derecho de arriba abajo. El sí tiene motivos para celebrar. Cuando el corazón se desangra por dentro, no hay herida peor que ver festejos ajenos un sábado a la noche. La cola está fría. La espalda también. El corazón tiembla, pero ya no es de frío. El celular yace roto en la vereda. Sus últimas palabras fueron: "Llega temprano así comenzamos en punto. No hagas pelotudeces esta noche".

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Sudestada

Desparramadas sus almas por el universo, con corazones resquebrajados por los golpes de la vida, el viento los revoleó por el aire y los puso en la misma vereda. Nunca caminaron a la par, pero caminaron de la mano. Y eso es bastante en tiempos donde las manos tocan más tecnología que piles. Se agarraban, se acariciaban, se soltaban, se apretaban... Y volvían a empezar en este juego de 20 dedos que van y vienen, vienen y van.
Acurrucadas sus almas, abotonados sus pulgares, enfrentaron tormentas con paraguas de cristal y soportaron terremotos en casitas de papel. Pero esto no se trataba de almas intocables, de almas que nadie ve y todos glorifican. De almas escondidas detrás de cinco letras. De almas arpías espiando los futuros que no vienen y refregándose los ojos con los presentes que se van sin saborear. No se trataba de almas, sino de órganos vitales.
Le dio sus ojos para mirar juntos y quiso su nariz para oler primaveras. Le dio su nariz, aún con el riesgo de no saborear más aromas de flores, y le pidió su boca para devorar el mundo. Le dio su boca, entonces, pese a pasar días famélicos, pero ahora el deseo fueron los pulmones para tener más aire. Le dio sus pulmones aunque le faltase oxígeno, pero ahora el pedido era su miembro para saber que se siente. Le dio su miembro matando su hombría, pero escuchó esa vocecita pedigüeña y exigente que iba por más y más: "Quiero más. Lo merezco. Quiero todo. Quiero tu corazón para que sea mío. Tenerlo, tocarlo, sentirlo, manejarlo. Tenerlo en mi mano y comerlo de un bocado".
Era capaz de darle todo, pero el problema es que no todos los todos son las mismas cantidades. Algunos todos huelen a mucho para el que entrega y a poco para el que recibe. O viceversa. Algunos todos son migajitas para quien espera se enamora de la torta de mañana sin apreciar el pan de cada día.
Se sacó el corazón para satisfacer el pedido. Se lo dio en un hermoso paquete de regalo. Y le dijo: "Es tuyo. Como siempre. Pero no latirá igual en tu mano. Sus latidos no golpearán con la misma fuerza que antes". Esa noche había sudestada. El viento desparramó sus almas por algún lugar del universo.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Cuando la matemática falla

Hay otro gran capítulo de The Big Bang Theory que permite pensar que Considerarlo una serie de humor sería demasiado poco.
Es víspera de Navidad, Penny, la rubia y hermosa vecina, tiene en sus manos un regalo para Sheldon. Este, en lugar de alegrarse, se preocupa: deberá comprarle un obsequio del mismo valor. Y, como sabe que hay dentro de la caja, arma un plan. Su plan perfecto. Compra 4 regalos de distintos valores y, cuando Penny le entregué el suyo, fingirá un dolor, irá al baño, mirará por internet el valor y luego, de acuerdo al costo, le entregará a su vecina uno similar y los otros los devolverá.
El detalle es que el obsequio de Penny no tiene valor material. Es una servilleta firmada por un famoso físico. Sheldon le entrega los 4 regalos a Penny y le dice: "Lo sé, no es suficiente".
He aquí uno de los dilemas más complejos de la vida: el valor de los actos. Cada persona tiene su propia tabla de precios internos. Todos sabemos cuanto vale un kilo de manzana, más o menos. Pero nadie sabe cuanto cotiza en cada ser humano una servilleta autografiada. O un abrazo. O una caricia. O la comprensión. O...
Ahí, en ese terreno es cuando falla la matemática. Hasta para los físicos.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Esos días

Esos días donde el corazón pide escribir pero la cabeza no encuentra tema. Mejor dicho, no focaliza tema. Aparecen ideas como rayos y después, sin saludar, se van en la inmensidad de la noche para nunca más volver. Viajan por el aire, revolotean, amagan un regreso y no, nunca pero nunca vuelven. Malditas ideas.
Esos días donde gobierna esa sensación ingobernable de que todo está por estallar. Para bien o para mal. Y que el mundo se repartirá en mil pedazos. O por lo menos el propio cuerpo. Después, la almohada mira fijo con cara de canchera y hasta parece burlarse. Maldita almohada.
Esos días de peleas constantes entre las voces internas, esas que no paran nunca de hablar. Nunca. ¿Hablarán tanto pero tanto en otras cabezas? "Que te dije, que no te dije". "Que hacelo, que no lo hagas". "Que vas bien, que vas mal". "Que sí, que no". Han inventado de todo, pero nadie inventó un silenciador de vocecitas sin necesidad de saltar de un quinto piso. Se llenaría de dinero. Malditas vocecitas.
Esos días en que dan ganas de dejar para mañana la urgente conquista del mundo. Pero mañana seguro que se lo conquista. No habrá más postergación. Pero cuando llega mañana, ya se hace pasado. Y pasado. Maldito mundo inconquistable.
Esos días donde el presente, rengo y todo, trata de fluir. Como un globo de cumpleaños, sube algunos metros y después desaparece en el aire. ¿Dónde irán esos globos? ¿Dónde irá la energía que fluye y luego se desvanece? ¿En qué almacén venden las recetas mágicas para vivir?
Esos días donde el presente mira al pasado y le gruñe. Mira al futuro y le ladra. Y termina en la cucha con frío, hambre y sueño. Esos días... Malditos días.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Tolerancia

Hay veces que la cabeza busca decorar historias. Hay otras que la historia sola, sin cáscara, ya tiene el suficiente peso como para conquistar este espacio...
Sucedió en un capítulo de The Big Bang Theory. Penny, la hermosa rubia, tiene una relación de idas y vueltas con Leonard, el vecino científico que vive enfrente. Son agua y aceite. Han sobrevivido a algún romance efímero y no han sobrevivido al deseo constante.
Una noche, Leonard y sus tres amigos científicos realizan un experimento en la terraza. Invitan a Penny, que justo se encuentra acompañada de un pretendiente. En la interacción, pasa lo obvio: el pretendiente queda mal parado en el mundo de los científicos. Penny, inevitablemente, se sonroja y avergüenza. De inmediato le dice, no, le ordena a su pretendiente: "Vámos a una fiesta".
Algunas horas después, Penny golpea la puerta del departamento de Leonard. Es madrugada. Leonard se acerca en pijama a abrir la puerta. Ella, borracha, le dice: "Te odio. Has matado mi tolerancia a los idiotas".
A veces no hace falta agregar más nada cuando las cosas se dicen de manera tan perfecta.

martes, 14 de agosto de 2012

HdP 19: Subte

Los ojos como búho. El cuerpo que va de un lado a otro de la cama. Que las piernas para acá, que las piernas para allá. Las neuronas se pelean y pierden las dos por nocaut. El tiempo alcanza y sobra para repasar la vida de punta a punta. Es la misma historia de ayer y de anteayer narrada en madrugadas de insomnio, una película triste donde el cine se mira al revés: acá ganan los malos.
"Maldito subte", lanza al aire en la soledad de la noche. Arrastra como cadena una semana complicada. Llegó tarde al trabajo y le trajo problemas con su jefe: casi lo echan. Sumó nervios por miles en cada viaje de regreso y se perdió el partidito de fútbol con los amigos porque el colectivo nunca pasó. Y la pelea con la novia que no quiso salir de su cucha y lanzó esa frase con olor a mentira: "Gordi, viajar hasta tu casita hoy es un lío. Ya estoy por bañarme y ponerme el pijamita. Me quedo en mi cuchita y nos vemos otro día, ¿si amorcito?".
El control remoto salta de un canal en otro. Animal Planet, algún rockito suelto, partidos viejos de fútbol, un poco de comedia, los noticieros de la madrugada. Todo y nada. "Se levante el paro de subte" dice la pantalla con placa roja y letras blancas. "Imágenes, ya". Un muchachito entrajeado con menos de 30 años y mucha cara de susto tiene el micrófono en el Hall de la estación Constitución. "Señor, buen día, ¿está contento de tomar el subte?", entrevista. Desde la cama de sábanas revueltas, historias de desconsuelo y madrugadas sin dormir, se le contesta: "No, pelotudo, si va a estar re triste". "Tenemos otro entrevistado: señora, buen día, tarda menos con el subte". "Ah, no, este pibe se recibió de pelotudo... ¡Y con honores! ¡Hay que enseñarle a preguntar! La viejita tendría que decirle: no, tarado, tardo más pero me gusta perder el tiempo viajando y hablando con boludos como vos. Ja". "Sigo con las notas, estudio. Cualquier cosa me dicen y vuelvo al piso. Acá una parejijta que se besa apasionadamente. Eso es amor... ¡A las cinco de la mañana! Esperamos para no interrumpir y así miran a cámara. Ahora sí. Hola chicos, que lindo beso se dieron. ¿Están felices?".
Maldito subte... Malditas noches de insomnio. Maldito notero pelotudo y maldita amorcito que nunca se quedó en su casa.
No había más que mirar. Apagó la tele y no pude volverse a dormir. Ni esa madrugada, ni la siguiente, ni la siguiente...

domingo, 29 de julio de 2012

El Gato de Schrödinger

El cerebro pide pausa de cuentos. Demasiado ejercicio imaginar relatos tan seguido. Demasiado ejercicio, también, dejar escapar trozos de la propia vida en las entrelíneas de esas ficciones. Mejor un poco de aire con algo más relajado: la teoría de El Gato de Schrödinger.
La historia es asi. En 1935 el físico alemán Erwin Schrödinger propuso un experimento imaginario que servía para explicar la naturaleza de las observaciones y predicciones de la mecánica cuántica. El experimento se conoce como la paradoja de Schrödinger o el experimento del gato de Schrödinger. Para dicho experimento Schrödinger sugería un escenario hipotético con una caja cerrada, un gato vivo dentro de ella, una botella de gas venenoso y una partícula radiactiva con un 50% de probabilidades de romperse en una hora. Si la partícula se abre libera radiación, la botella se rompe y el gato muere.
El hecho es que mientras que no abramos la caja no sabremos si el gato está vivo o está muerto. Sólo podemos especular dado que es una cuestión de probabilidades. Cuando nos decidamos a abrir la caja, el mero hecho de observar modifica el estado del conjunto, con lo cual podemos observar si el gato vive o muere. Hasta la intervención del espectador el gato permanece en un limbo en el que está vivo y muerto a la vez.
Moraleja del blog: ¡Eso sí es tener imaginación! ¡Y eso es más psicológico que físico!

miércoles, 25 de julio de 2012

HdP 18: Hotelandia

Cuatro décadas atrás, a 100 kilómetros al norte de la capital, se fundó Hotelandia. El paisaje era inmejorable, con las sierras rodeando todo, hacia cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Para acá, un río caudaloso. Para allá, una cascada briosa, feliz de regar todo con su fruto hasta desembocar en un laguito de plácida agua tibia.
La ruta ya había dejado de ser un problema. El viejo camino rocoso, casi intransitable, se asfaltó al tiempito del nacimiento. El progreso y el éxito del proyecto hicieron que en pocos años el gobierno de turno asfaltara el camino. El micro que dejaba a los visitantes a cinco kilómetros sin poder avanzar más por la espesa vegetación, llegaba ahora hasta la estación de la ciudad. Hubo un almacén, y después tres, y ahora gobierna un súper chino. Y negocios, y bares, y restaurantes, y hasta una modesta pero digna sala de cine. El último estreno fue Batman, con 80 personas en la sala, 20 asientos libres y ningún incidente reportado.
El progreso había sorprendido a los fundadores de Hotelandia. Algunos acompañaron el progreso de la villa desde el primer día hasta hoy. Otros, dejaron a las próximas generaciones seguir las huellas. Ya no eran aquellos jóvenes pujantes. Se habían convertido en estos viejos que miraban la vida pasar, esperando nada y todo. El tiempo pasa, y en una mano ofrece todo y en la otra nada. El secreto es saber elegir...
Cuatro décadas atrás, tres jóvenes rebeldes se cansaron de todo y concordaron empezar de cero. Decidieron fundar la ciudad de los hoteles temáticos. Eran tres, para empezar, aunque le siguieron muchos más que fueron mimetizándose con las necesidades de los tiempos. El último es el hotel Caniggia: es furor entre quienes el strés los golpeó y necesitan desenchufarse y poner su cabeza en blanco una semana. También está el hotel político, construido en tiempo récord con dudosos fondos: todos mienten. Si el conserje dice que el hotel está lleno, entonces está vacío. Para la cena, al que pide milanesa lo entienden y le traen ñoquis. Pero está por cerrar: evasión impositiva, otra mentira.
La vida ha llevado a los entusiastas fundadores por distintos caminos, hasta volver a reencontrarlos este miércoles de primavera, con un asado en el medio de la nada, para festejar los 40 años de Hotelandia. "¿Te acordás el que quiso hacer el hotel temático del dulce de leche y lo tuvo que cerrar por invasión de bichos?", recordaban riendo entre anécdotas. "¿Y el que hizo el hotel temático punk y se lo destruyeron los huéspedes en dos días?".
Palabra va, palabra viene, las palabras siempre terminan apunta a uno, como dardos cargados con el veneno de la verdad. Confesión va, confesión viene, las confesiones siempre desnudan a las personas, pero después dejan el alma sin pesos, sin presiones, sin más estigma que el de la libertad.
El dueño del hotel del amor cuenta: "Me fue bien. Pude vivir, darme gustos, trabajo nunca faltó y según mis estadísticas mantuve un 75% de ocupación en todos los años. Pero tuve que asesorarme todo el tiempo, muchos consejeros, muchos balances altos y bajos. Es lindo, estoy contento, pero el esfuerzo es agotador".
El dueño del hotel de la moda narra: "Yo tuve épocas de cinco hoteles, otras en las que tuve sólo el inicial. Fue y vino. Mucha inversión, ustedes saben. Que la ropa así y al año siguiente no se usa. Que el paddle y al año siguiente no más paddle. Que los videoclubs. Que Lady Gaga. Que la militancia... Ustedes conocen cómo somos las personas: nos dejamos llevar como un rebaño sin saber nunca quien es el pastor que baja las órdenes. Eso es lo que menos importa. La clave es ser parte del rebaño y seguir".
Hubo un silencio. La mesa ya estaba servida. Las achuras a punto, las ensaladas bien condimentadas, a la carne le faltaba un poquitín. En el aire, sólo el sonido de los pájaros. "Te toca, che". El dueño del hotel de los corazones rotos, introspectivo, como siempre, sabía que tenía que dar la receta de su éxito: una cadena en todo el mundo con 100 franquicias, la última en Punta Cana.
-¿Y che? ¡Contá!.
-Nada, que se yo. Un par de blues siempre sonando, alguna película de esas de llorar en la TV y nunca fotos de mujeres en las paredes. Mi hotel es solo para hombres. Por eso es un éxito. Son mejores clientes. Más duraderos. Más fieles.
-Pero che, sólo con eso no podés hacerte millonario.
-Es cierto. Tal vez la clave, entonces, sea que nunca busque la fórmula mágica. Seguí el instinto, seguí la vida. Fue un negocio de sentimientos. Y nunca se rompió.

jueves, 12 de julio de 2012

HdP 17: De silencios y palabras

En la mesa, dos cadáveres: el de una tira de asado y el esqueleto de una pata de pollo. Además, dos papás fritas sobrevivientes y los restos de un tomate ignorado, perdedor ante la lechuga y la cebolla. En la mesa, la estela de las palabras dichas con gusto a derrota.
-Tenés que olvidarla. Ya van nueve meses. La vida sigue.
-No puedo. La pienso todo el tiempo. Es el amor de mi vida...
-No, la idealizás. Mucho. Demasiado. Ni siquiera vivieron juntos. Nunca. Hay que seguir. Tenés que salir.
En la mesa, siete días vividos y malgastados y una charla repetida. De nuevo, un puñadito de fideos despreciados y, enfrente, en el otro plato, las migas de pan cómplices de los ñoquis a la bolognesa que ya no están. Y, las palabras, siempre las palabras que, de tan repetitivas, aburren.
-Estás siempre parado en el mismo lugar. Peor: en vez de avanzar, retrocedés.
-Es la mujer de mi vida. Lo se...
No valía la pena insistir. Mejor el silencio como toda respuesta negativa. Hay silencios que dicen todo. Más que mil palabras que nunca enderezaron ni enderezarán el desamor de una historia de pasión nacida para ser así, torcida y desviada. Fue un verano de juventud, apasionado e infinito. Con promesas de mil y una noches, de mil y una vidas juntos. Hasta que los pedazos de ese sueño roto se desparramaron por el piso.
El azar hizo el resto. Ya de grandes, señora y señor de cuatro décadas, el destino se burló del recuerdo y los puso de nuevo frente a frente. Un subte perdido y un recuerdo encontrado en el vagón siguiente. Unos segundos de miradas. Varios minutos de abrazos y besos.
Lo que siguió fue todo muy rápido: amantes a escondidas y proyectos a contramano. Si de jóvenes sus vidas iban por veredas distintas, ahora directamente no coincidían ni en la misma calle. Pero el amor es tuerto y el enamoramiento es ciego. El vio lo que quiso ver y no vio lo que la venda de sus ojos le impedía. Se quedó en el pasado y en los sueños soñados. Y se olvidó de que enfrente estaba una mujer casada, con una hija recién adoptada, y con un corazón clínicamente lastimado que latía cada día con menos fuerza.
Ella vio lo que quiso ver y vio una vida imposible de desenredar. No había hilo suficiente como para tejer una nueva. Entonces, cortó por lo sano: "Adiós y buena suerte, hasta el próximo subte". Se fue. Se calló todas las palabras del teléfono del mail. Ni una respuesta al celular mudo. Desapareció de todos lados, menos de su cabeza.
"No entendés, nunca me vas a entender. Es el amor de mi vida, no importa nada más”, repitó por enésima vez antes de aquel viaje laboral. En el plato, no quedaba ni una pizca de la milanesa napolitana. "A la vuelta, asado. Y a la vuelta, salimos a un cabaret. O al cine aunque sea", se le retrucó buscando quebrar la muñeca en la pulseada de su alma.
Hubo silencio. Un silencio que hablaba. Latía. Gritaba. El mismo silencio que, a la vuelta, con el asado frustrado, fue el dueño del mundo cuando se escuchó del otro lado de la línea teléfonica: "Murió ayer. Me avisó la madre. Y yo estaba afuera. No la veía hace meses. Ni siquiera pude despedirla. Se fue. Se me fue el amor de mi vida".
No valía la pena insistir. Mejor el silencio como toda respuesta afirmativa.

sábado, 30 de junio de 2012

HdP 16: Señal de ajuste

"Que tiene leche bebé 3. Será, que tiene...".
-Mi amor, este televisor anda mal. De nuevo se apagó. Hay que llevarlo a un service. No, mejor tirarlo, es muy viejo, tenemos que comprar otro.
-Es algo tuyo, se paga solamente cuando lo mirás vos. Tenés mala energía, ya te lo dije mil veces. Cuando yo veo nunca tengo problemas. Es de tanto fútbol que le metés que te dice basta.
-No seas tonta. Hay que tirarlo. No anda.
-Nunca lo voy a tirar. Fue un regalo de mamá para Andresito. ¿No entendés?
-¿Vos estás llorando de nuevo?
Del comedor a la pieza principal hay 10 pasos. Antes, está la habitación de Julieta, que dormía plácidamente en su cuna. Había vomitado después de su mamadera, pero lo normal de cualquier bebé de seis meses. En el dormitorio, en la cama matrimonial, yacía la figura de su esposa acostada. Inerte, apuntaba justo sus ojazos celestes a la foto de su hijo Andrés, la foto que había pegado en el techo de la habitación al mes de su inesperada muerte en ese estúpido accidente.
-Mi amor, sé que es muy doloroso, pero hay que seguir con la vida. Andrés es un hermoso recuerdo, pero no podés encadenarte a él.
-No puedo soltarlo. Es mi hijo. ¿Cómo decís añlgo así, insensible? No puedo. ¡NO PUEDO!
- Lo tenés que soltar. La gordita te necesita. Yo te necesito. Todos te necesitamos.
-Andrés está acá conmigo. Yo lo siento, me da señales.
-Mi amor, eso no pasa. El otro día dijiste que él estaba enojado porque perdió el Atlético y por eso sentías olor a amoníaco que a él no le gustaba, pero después nos enteramos del derrame de Dock Sud. Siempre hay una explicación para todo, siempre.
-Vos no crees en nada. No puedo hablar con vos estos temas. No entendés. Voy a llamar a mamá.
-Claro, yo no entiendo y ella sí entiende. Como cuando dice que ve fantasmas pero en realidad está borracha. ¡Dale!
-No quiero hablar más. Andá a ver fútbol. Dejame con Andrés. Voy a llamar a mamá. Ella me entiende. Ella habla con papá.
El partido ya había comenzado. Iba media hora del primer tiempo. Esos 15 minutos que siguieron fueron bastante aburridos. Igual, podría haber sido el mejor partido del mundo que él no iba a prestarle atención. La cabeza le estallaba. Ni siquiera vio la nueva publicidad de la gaseosa con esa rubia despampanante. Ni la del nuevo modelo de la marca de auto que tanto le gusta. Volvió su vista a la pantalla cuando escuchó a lo lejos, esa canción: "Que tiene leche bebé 3...”. Inmediatamente, el televisor se puso en negro.
"No aguanto más", dijo. Desenchufo el aparato y cuando estaba a punto de llevarlo a la vereda para que lo agarre algún cartonero, escucho a la bebé llorar. Su cuna era unh enchastre. "¿Otra vez vomitaste, gordita?". La limpió, la alzó a upa y caminó hasta el dormitorio principal sin hacer ruido.
-Andrésito, cielo mío, por favor, mandame una señal de que todavía estás con nosotros. Tu alma está a aquí, yo lo sé. Pero necesito que me lo digas. Por favor te lo pido.
-La beba vomitó de nuevo. Para mí no es normal. La llevo a la guardia.
-Es normal. En una semana tiene su pediatra, que la vea él, yo confío en él.
-Quiero estar seguro.
-Yo no voy. Hoy es 20, aniversario de Andrésito.
-El 20 es el 20, el 21 es un día después, el 13 una semana antes. No podemos vivir así.
El médico de guardia dijo que no era nada, que es normal que los bebés vomiten. "¿Tanto, doctor?". El especialista asintió con la cabeza dos veces. El tercer movimiento vertical de su cabeza se interrumpió por otro vómito, esta vez con un poquito de sangre.
Se le hicieron análisis de urgencia. Mientras esperaba, en la pantalla de la sala de guardia, el partido terminaba. El Atlético ganó 2-1. "Andresito estará contento", pensó. Esta vez le prestó atención a la rubia ("hembrón", se dijo) y al nuevo auto ("lo quiero, es hora de cambiar el modelo 2009", se alentó). Después escuchó: "Que tiene leche bebé 3...", y el televisor de la clínica empezó a hacer rayas. "Que raro...", dijo. "Sí, son nuevitos. Tienen dos semanas", le respondió una enfermera que pasaba por ahí...
Media hora después, el médico guardia llamó al padre y le dio el diagnóstico: "Intolerancia a la lactosa. La trajo justo, su cuerpo no hubiese aguantado otra mamadera más sin establecer un cuadro peor. Mire, seguro tiene algún zarpullido en el cuerpo". Buscaron y buscaron, hasta que encontraron: su pie izquierdo estaba rosa y lleno de granos y ronchas.
Julieta lloraba sin parar. "Tranquila, todo va estar bien, tranquila", la calmaba el padre. "No más leche. Nunca más en su vida", ordenó el doctor. Inmediatamente, la pequeña dejó de llorar. Y sonrió.

sábado, 23 de junio de 2012

HdP 15: Cosa de Mandinga

"¡Ni se te ocurra!". Un ovejero alemán, dos dobermans, tres pitbulls, una pareja de coker y, tirando de las sogas del paseador, delante de todos, como líder de líderes, el beagle. Orejón, simpático, panzón, cara tierna y mala fama, todo eso reunido en un currículum de cuatro patas. "Mirá, una vez yo paseaba uno llamado Roque. El loco vio algo de comer arriba de un placard, se quiso subir, se cayó y se rompió todo. Se quebró la columna. Antes, la dueña me contó que había dejado un pan dulce en la cocina y, en un descuido, se lo comió todo en segundos. Se hinchó y como es bajito y de patas cortas, la panza le llegó al piso. No pudo caminar por un par de días. Son todos así, dementes".
Quería tener un perro. Había elegido esa raza, beagle, pero sumaba descreditos en cada palabra. Algo así como el peor criminal con la cara más angelical. Cada consulta sumaba puntos en contra y años de cárcel en un juzgado. "Son enfermos de la comida. Este me abrió la puerta del horno y se me bajó una docena de empanadas", escuchó en el parque, mientras el acusado miraba con cara de yo no fui. "Es una raza de campo, así que son hiperkinéticos. Si lo sacás a dar una vuelta manzana, no sirve de nada. Lo tenés que cansar bien. Dos hora smínimo de paseo para que el tipo llegue y duerma. Y además, maduran más tarde", escuchó en la veterinaria.
"Hasta los dos años tuve que esconder todo porque me destrozaba lo que encontraba, ahora esta grande y es más tranquilo. Igual, el otro día me rompió un par de zapatilas nuevas. Se comió la punta y los cordones como si fueran fideos", escuchó de boca de la china que paseaba a su beagle, que no paraba de jalar la correa como si creyera tener la fuerza de un elefante. "Pará un poco, Pekín", le gritó mientras el muchachito de cuatro patas tiraba y tiraba.
La sentencia llegó con la vecina de al lado. La bonita vecina de al lado. "Mirá, esta me volvió loca de amor y también de nervios. Son así: los amás y los odiás a la vez. Como los hombres, ja". Hizo una pausa de sonrisa encendida y cautivante, y siguió. "Te cuento: yo tuve que comprar dispositivos especiales para cerrar la heladera, porque esta guachita se dio cuenta que ahí estaba la comida y se las ingeniaba con la pata para abrirla. Son los perros que usan en los aeropuertos para detectar si alguien trae comida del exterior, ¿sabías? Unos verdaderos salvajes. Como los hombres, ja".
No hubo caso. El amor es más fuerte y, en esa primavera, el beagle le ganó al coker y a cualquier otro peso mediano que se le haya querido subir al ring de su vida. Le puso Mandinga, en honor a un viejo goleador de su club. Y fueron de aquí para allá. Corrieron en pastos, chapotearon en charcos, comieron en parrillas, jugaron en arenas, nadaron en mares... Un enojo por destrozos, una caricia al alma por un buen momento. Uno y uno, como la vida. Como las personas. Dar para recibir. A veces más, a veces menos.
El cachorro hizo de las suyas en el verano, fue creciendo en el otoño y ya era todo un señorito en el invierno. ¡Hasta había aprendido a andar solo por la calle sin perderse! ¡Hacía caso! Su dueño, mientras, desplumaba las estaciones del corazón sin más besos que los lamidos en las manos cuando había que limpiar los dedos con comida, o los de la mañana, en la cara, cuando era la hora de salir a la calle a ver qué deparaba la vida en la vuelta al parque. Y así, los dos, giraban y giraban en busca de sus futuros, en este juego de oler destinos en cada vereda, en cada árbol, en cada rincón.
"Ey, me había dicho el portero que también te habías comprado un beagle, pero nunca te vi. Es hermoso. Mirá Lola, un amigo para cuando quieras tener hijitos, ja". La vecina de al lado –la bonita-, estaba radiante. Lola también. Unos hablaron. Otros se olieron. Unos rieron. Otros movieron el rabo. Unos se pasaron el teléfono y quedaron en una salida al cine. Otros dejaron de chusmearse cuando, por seguir al carrito del cartonero que dejaba restos de comida a su paso, Mandinga caminó varias cuadras masticando los restos de los restos. Se perdió en su laberinto, masticando los restos. Y se encontró con su nueva vida. Miró para atrás, quiso volver, pero ya era tarde. Siguió sus instintos hasta el próximo hueso.

sábado, 16 de junio de 2012

HdP14: Sábado a la noche

"Perfecto. Una excelente afeitada".
Al fin, después de cuatro meses, el miércoles iba a tener su primera salida en esta nueva etapa de soltero. Parece que la gordita de la vuelta dijo que sí. "Se hizo rogar la guachita. Eso tienen las minas. Saben mejor que nosotros cuando apretar el acelerador y cuando poner el freno. Nos manejan a su antojo", se decía mientras se miraba al espejo y se pasaba la mano por su rostro de aquí para allá, buscando algún pelo rebelde que se haya negado a salir apegado al rubor de la mejilla, el mentón o algún otro recoveco de la cara.
En realidad había una alta probabilidad, pero ninguna confirmación. Lo de la gordita, ese tema. Ya había suspendido dos veces. O era tímida, o no tenía la menor intención pero no quería lastimar con un no. Buenita la gordita...
Por las dudas había que estar listo. Y eso significa el mejor look posible, es decir, con barba de cuatro noches. "Hoy es sábado a la noche. Viene domingo, lunes, martes y miércoles. Perfecto", enumeraba mientras se esparcía la colonia y quedaba perfumadito y con olor rico, listo para ir a dormir. "Hoy es sábado a la noche", se repitió y, de inmediato, vio como ese ser que habita en el espejo, tan parecido a él, tan distinto a él, le hacía una mueca de resignación. "Hoy es sábado a la noche", se repitió. Y el gesto en el vidrio ya estaba desfigurado...
La remera de siempre, el pantalón de siempre, el colectivo de siempre, la fila del cine de siempre, y la pregunta de siempre de la vendedora:
-¿Alguna promoción? ¿Quiere el súper combo de pochoclos y nachos? ¿O los chupetines nuevos con la imagen de los animalitos de Madagascar?
-No, gracias. Pero tengo dos por uno en entradas.
-Pero usted está solo, señor.
-Pero tengo dos por uno.
-Pero usted está solo, SEÑOR.
-¡Pero tengo dos por uno!
-¡Sí, pero usted está solo!
-No, nena. En la vereda hay una viejita que mira para adentro del Shopping. Tiene sueños en los ojos. Sueños de compañía, de que alguien le diga hola. De dejar de ser una estatua que nadie mira mientras su corazón se apaga cada día un poquitín más. Dame el dos por uno, por favor, nena.
La viejita miró la entrada una y otra vez. "Es de verdad, abuela". "Hace no sé cuantos años que no voy al cine, querido. La última fue Chicago, en 2003. Ganó el Oscar, ¿sabías querido?". "Sí, abuela, pero hoy quiero estar un poquito solo, la próxima la invito y hablamos más, ¿sí? Venga, subamos juntos, es por acá".
Le regaló el paquete más grande de pochoclos, aunque la abuela le haya divertido que le daban "gasecitos". Mitad arrepentido, mitad encantado, pensó en retomar la charla con la abuela. "¿Tiene niet...?". Esa letra O nunca salió de su boca. Murió sin ninguna explicación. También la ese. Bajando las escaleras, justo cuatro filas delante, una pareja se mimaba y besaba con ternura. De esos besos primerizos que parecen pedir permiso, con lenguas que quieren ser conquistadoras de universos ajenos, aunque todavía se muestran extranjeras del territorio que desean exploran de punta a punta. Chocan, se golpean, pero aun no se entrelazan.
-Cinco nietos. Dos, dos y uno. Dos de mi hija mayor, que es abogada. Dos del del medio, que es médico. Una del más chico, el músico, que es un tiro al aire pero parece que encontró una chica que lo encarriló. Pero los veo poco, porque mis hijos viven lejos y ellos no vienen y yo puedo moverme poco, ¿viste? Me cuesta caminar. Lástima mi marido, que murió apenas nació la nieta mayor. Un ataque al corazón, querido. Así, de un momento a otro. Muchas preocupaciones que no sirven para nada. Como vos, que estás preocupado por esa chica de adelante. ¿Querés pochoclito? No comiste ni uno...
-No, gracias. Tengo dos muelas con caries y el pochoc... Espere, abuela, ¿qué chica de adelante?
-Esa que mirás ahí, en la fila de adelante, querido. Esa que está besando a ese otro señor, justo ahora. Esa, esa misma. Esa que te hace humedecer los ojos. ¿Querés un pañuelo?
-No, no. Gracias.
-¿Hace cuánto, querido?
-Unos pocos meses.
-¿La extrañás mucho?
-A veces. Vio como es esto, abuela: la soledad trae recuerdos, los recuerdos traen nostalgia, la nostalgia trae tristeza, y la tristeza trae soledad. Es cíciclo. Y también verla así, tan, tan... Así, tan... Siento bronquita, ¿sabe? Ella decía que iba a tardar años en tener otro. Yo le decía que al revés, que habrá miles de buitres revoloteando por su nido. Las mujeres eligen, pero los buitres vuelan. Y yo nunca fui buitre, ni aguila. Tengo el doctorado de pichón en esta vida, abuela.
-Ah, sí, entiendo. Ayer vi un documental de ese canal de bichos raros, ese Animal Planet. Se aprende mucho, ¿viste? Los animales no se complican tanto. Eso es mejor. Uy, empieza la película, querido. Espero que no sea de llorar porque si no nos vas a ahogar a todos vos.
Era de llorar, pero nadie se ahogó. "Hiciste bien en ponerte esa revista en la cara cuando pasó la chica de la mano de ese tipo. Mejor no ver. Los ojos son asesinos del propio corazón. Yo soy medio miope, querido. Veo lo que puedo. Y aprendí a ver lo que quiero. Y ahora vamos yendo. Agarrame del brazo que me caigo, no puedo caminar bien. El reuma. Pero igual vos quedate tranquilo, el sábado a la noche voy a estar en el mismo lugar, si querés, y me invitás de nuevo. Mirá, sobró un poquito de pochoclito, ¿querés?”.

martes, 12 de junio de 2012

HdP 13: Blues obrero

Este espacio ha mutado varias veces en sus poco más de tres años de vida. Desde aquel 21 de mayo de 2009, nació y creció. Hizo berrinches y parió silencio. Lloró y rió. Gateó y caminó. Amó y odió. Y, también, evocó...
Entre sus múltiples matemorfósis, hubo un tiempo en el que, a partir de la letra de una canción, nacían historias. Permítase entonces un viaje al pasado para recordar aquel primer capítulo, el mejor homenaje para eternizar una voz que acompañó gran parte de esta adolesencia y juventud.

http://manianadesol.blogspot.com.ar/2010/10/rock-1-decime-cuando-memphis.html

lunes, 11 de junio de 2012

HdP 12: Nunca y siempre

Le dio su palabra y le juro por el Dios en el que ella sí creía. "Nunca te voy a olvidar. Nunca", le aseguró mirándolo fijo con sus ojos intensamente marrones. Y lo lloró un día, una semana. Un mes, dos, o tal vez tres. Quizá más, en una de esas menos. El tiempo no es una medida exacta cuando se trata de amor, olvido y otras yerbas.
Le dio su palabra: "No importa el final, ni los principios que vengan. Vas a ser siempre el hombre más importante de mi vida. Siempre", prosiguió con la mirada empapada pero, mágicamente, con un marrón todavía más intenso. Pero se sabe que cuando se trata de amor, olvido y otras yerbas, siempre es nunca. Porque en la vida, nunca es siempre.
Diez años pasaron. Algunos pelos menos, algunos kilos más. Dos chicos con camisetas furiosamente rojas juegan al fútbol en la vereda. Un pelotazo se va lejos, muy lejos. Tanto que cruza a la calle. El mayor de los gurrumines sigue de largo sin mirar quien, donde ni cuando. El auto apenas alcanza a frenar. Apenas. El pequeñito cuerpo quedó a milímetros del paragolpes.
"¿Estás bien, nene?". "Sí señor", contesta con su tesoro redondo en la mano. Pica la pelota y, como si nada, vuelve a jugar con su hermano. "¡Ey, espera! Tomá un chupetín para vos y otro para él... ¿Cómo se llaman?". "Yo Juan y mi hermanito Manuel. Chau señor", le dijo y, como despedida, le clavó una mirada intensamente marrón.
El padre, testigo mudo de la escena, lanza un abrazo emocionado. "Gracias, soy Daniel, el padre de los chicos. Te estaré eternamente agradecido por tus reflejos". Otro abrazo, este más fuerte que el anterior. "Soy Juan Manuel, nada que agradecer". "¡Cómo los chicos! Los nombres los eligió la madre, cosa de minas, viste". "Sí, cosa de minas, entiendo. Y te digo: yo también soy fanático de Independiente". "Otra exigencia femenina, viste".
La madre, testigo de la escena, apenas con un hilito de voz, concluye toda posibilidad de diálogo. "Vamos Dani", lanza a modo de orden mientras llora desconsoladamente. Clava sus ojos inmensamente marrones en los del conductor por un milésima de segundo. O tal vez un poquitín más. Ocurre que el tiempo no es una medida exacta cuando se trata de amor, olvido y otras yerbas.
"No te conozco, pero gracias". Se da media vuelta y se va. Corre y abraza a Juan y a Manuel. Parece un pulpo. "Se debe haber asustado. Cosa de minas, viste. Los chicos son la luz de sus ojos. Bueno, Juan Manuel, gracias de nuevo. Nunca te voy a olvidar. Nunca".

sábado, 9 de junio de 2012

HdP 11: Sensación térmica

Era una noche de enero. La ciudad, pegajosa, insoportable, transpiraba en cada una de sus esquinas. Sus cuerpos goteantes se encontraron en el asado del cumpleaños del cuñado de ella y amigo de él. Tras las presentaciones de rigor, imposible romper el hielo de otra manera que no sea hablando del tiempo. Hasta que José lanzó la frase que abrió la puerta de la controversia.
-Igual, yo prefiero esta noche de 30 grados antes que una de 5. Toda la vida. No hay comparación posible.
-¿Qué? No, horrible. Esto se sufre, el invierno se disfruta.
-¿Qué? Mirá, el verano te renueva. Te dan ganas de salir a la calle, de cerveza, de helado, de vivir la vida. Pensás en amaneceres cálidos en la playa y en atardeceres rojos en los parques. Ves musculosas y minifaldas. Te revolotean las hormonas en el aire, porque según estadísticas, en verano se coge mucho más porque hay menos ropa y entonces crece el deseo. El verano nos pone calientes.
Para ella estaba todo dicho y todo callado. "Si tenés con quien", pensó para sus adentros. Igual, era demasiado discurso prefabricado para defender lo indefendible. Agua y aceite. Hielo y carbón.
"¿Te gustó Josecito?", le preguntó al otro día su hermana por mensajito. "Un calentón pelotudo", contestó ella. "Demasiado superflua. No demostró nada. Una fría", le respondía él a la misma pregunta de su amigo cumpleañero.
Era una noche de junio. La ciudad, vacía e intolerable, tiritaba en su cemento gris metalizado. Sus cuerpos emponchados se volvieron a topar en el cumpleaños de la hermana. Esta vez no hizo falta la presentación de rigor. "Ah, sí, me acuerdo, ¿cómo te va?”, dijo él desganado, con los dedos entumecidos y el entusiasmo congelado. La respuesta abrió de nuevo, de par en par, la puerta de la controversia.
-Bien, bien. Hoy me toca a mí: te aseguro que estos 5 grados son mucho mejor que tus asquerosos 30.
-Estás loca, nena.
-El invierno te energiza por dentro. Te dan ganas de disfrutar de tu casa, de libros, de películas en la cama. Del café y sus olores, del rojo de las estufas, del perfume limpio y puro de los cuerpos sin transpiración. Y las hormonas que revolotean en el aire son puras. Porque nada de coger, en invierno se hace el amor. Los cuerpos se desnudan con arte y pasión. Y, después del frenesí, nada mejor que dormir entrelazados.
-Si tenés con quien, contestó Josecito con mirada fría y corazón bajo cero, ausente de todo termómetro desde hace meses.
Ella escuchó esas cuatro palabras. También las miles que siguieron hasta el otoño siguiente, cuando sólamente hizo falta pronunciar dos: "Sí, quiero", dijeron al unísono con la sensación térmica por las nubes. Afuera, abril les regalaba 20 grados para conformar a ambos.
Por negocios, la vida les puso una encrucijada en el camino: "Vamos allá, dale. Sí todo va bien, en unos años ganamos mucho dinero y nos volvemos a vivir una vida más relajada. No importa el frío, yo te abrigo y compramos la mejor estufa del universo. Y me tenés a mí, que te voy a dar calor en cada segundo de tu vida. Seré el mejor calefactor humano porque seré tuya para siempre".
Allá era Usuhaia, donde vivieron felices tres años, hasta que se quedaron sin gas, la estufa calentó menos y el termómetro interno daba sensación térmica cada vez menor. Para conformar a él, eligieron Brasil para unas vacaciones distintas. Ella, para conformarse, a la vuelta pidió el divorcio con una frase más hiriente que una puñalada: "No me calentás más". Las palabras lastiman hasta helar las venas.
Esa herida le sangró por años y años. Un lustro después, tras el retorno a la gran ciudad, dos fracasos de noviazgos y aventuras varias con mucha pena y poco gloria, ellá le mandó un mensaje por mail. Llevaban tres inviernos sin noticias uno del otro. "Hola, José. Hola, mi amor. Espero que estés bien. Sabés, te extraño. Nunca dejé de pensar en vos. Sos el amor de mi vida, me equivoqué. Me di cuenta que todavía tengo tu calor dentro mío. Tus besos, tus olores, tu sexo. Tu alma. Llamame, dale. Quiero volver allá, con vos, juntos, como siempre tuvimos que estar".
Esa noche de agosto, soplaba el último viento del invierno. Los copos de nieve eran del blanco más blanco que ningún pintor pudo pintar. El vino tenía el sabor perfecto. Y cada letra del libro elegido era un estímulo para el alma. "Hola. ¿Sabés que aprendí a enamorarme de tu invierno? Es más: ahora manejo mejor mi temperatura corporal ante los golpes de la vida. Afuera pueden hacer diez bajo cero, pero lo que importa es la sensación térmica interna, ¿no? Perdón, pero mi fuego se apagó y me quedó el corazón congelado. Tus recuerdos son hielo puro. Josecito. PD: No sé como andará tu estufa, pero abrigate que hace frío".

martes, 5 de junio de 2012

HdP 10: Tiempo al tiempo

La nariz era una canilla chorreante de sangre. Parecía agua por su fluidez. Igual la boca. La cara contra el cemento del callejón gris ya teñido de rojo. Sentía un dolor que crecía galopante cada segundo, en cada hueso, en cada poro. Un ojo cerrado, el otro atento a recibir el golpe final.
"Dale Gordo, remátalo de una patada a este puto del Deportivo. Así no se nos vienen a hacer más los gallitos a nuestra cancha".
Como siempre en estos casos, el Gordo -pecho al aire, tatuajes al por mayor, bermuda de jean, gorrito del Atlético en la cabeza y zapatillas blancas ahora con salpicaduras coloradas-, fijó la atención en su víctima antes de darle la última patada. "Dale Gordo, decile que con el Atlético no se jode, que se zarparon con la banderas y sacale dos dientes a este puto de un golpe. Hacelo mierda. ¡Dale! ¡Vas a ver, puto!".
El Gordo no escuchó nada. Llevaba segundos retrocediendo al pasado. Inventó la máquina del tiempo y viajó diez años en un pestañeo. La mente viola las leyes temporales. Y ahí estaba, en aquellos años de secundaria nunca terminada. Años del barrio y sus esquinas. De los códigos de la calle. De los amigos que se fueron para siempre. Y de los que se fueron para allá, a la ciudad, a buscar otra vida a la tierra de promesas incumplidas.
Como Juancito, que era el buenito del grupo. El que lo ayudó al Gordo a conseguir su primera novia. Su primer laburo. Con el que discutía de fútbol y hasta alguna vez se agarraron a piñas para terminar abrazados, llorando y pidiéndose perdón. Juancito, al que no veía desde exactamente 12 veranos, cuando al día siguiente del descenso del Deportivo, se fue al centro para no volver. Juancito, que ahora miraba con un ojo cerrado y el otro atento para recibir la última patada que nunca llegaría. No hizo falta palabras. De ninguno de los dos. El pasado los unió en ese presente que presagiaba el futuro.
"Vamos, ya fue", dijo el Gordo. "¿No le vas a pegar más?", le preguntó uno de sus dos laderos en la barra del Atlético. "Dije que ya fue". Diez metros más allá, titubeó en darse vuelta y ayudar a quien poco antes había sido su víctima. Fueron cinco segundos. Parecieron diez años. O doce veranos. Siguió caminando con los ojos vidriosos y la vista adelante, aunque con un ritmo menor. Una duda, un paso. Una duda, un paso. Las dudas se acabaron con el ruido de seis balazos impecables e implacables en su espalda. La ambulancia tardó 20 minutos en venir. Fue en vano, el Gordo, río de sangre, con un ojo cerrado y el otro atento, ya había viajado en el tiempo.

jueves, 31 de mayo de 2012

HdP 9: Calles y avenidas

"Voy a ir por las calles de adentro así estoy más tranquilo y nadie me hincha", pensó él. Y comenzó a caminar esas diez cuadras. Eran las 11.17.
"Voy a ir por la avenida así veo gente y me distraigo. De paso miro vidrieras a ver si le compro una bobada a este tarado", pensó ella. Y comenzó a caminar esas diez cuadras. Eran las 11.18
A las 11.32, con unos bombones en la mano, él llegó a la casa de ella. Tocó el timbre. Una vez. Dos veces. Después, algunos golpecitos en la puerta. Nadie contestó. Y pensó: "Seguro que está se fue de alguna amiga para hablar pestes de mí. Anoche me quedé en casa para pensar cómo encararla, qué decirle. Y la señorita no está. Yo me jugué por ella todo, enterito. Hice cosas que nunca pensé que haría por una mina. Lloré, sufrí. Me jugé todo. Enterito. Hasta falte a algunos partiditos con los chicos para llevarla a pasear a las ferias esas de mierda cuando me rompía las pelotas. Pero ella nada, sólo veía lo que ella quería ver. No es cierto que el peor ciego es el que no quiere ver. El peor ciego es el que ve solamente lo que quiere ver. Porque así la mirada discrimina".
A las 11.38, con un osito de peluche en su mano, ella tocó el timbre en la casa de él. A los pocos segundos, insistió con varios timbrazos. "Callate, Boby", le gritó al perro que no paraba de ladrar. Y pensó: "Este atorrante se fue de putas y se quedó a dormir en lo de El Negro. O pernoctó en el hotel con alguna trolita. Y yo que estuve toda la noche llorándolo delante de mis amigas. Y el señorito no está. Pero éstas fueron las últimas gotas que nacieron de mis ojos. Yo me jugué todo por él. Enterita. Hice cosas que nunca pensé que haría por un tipo. Hasta lo defendía delante de mi viejo aunque casi nunca tenía razón. Pero claro, él nada, miraba todo desde su egoísmo machista. No es cierto que el tuerto es rey entre los ciegos. El tuerto es rey si sabe ser rey. Y él no supo. No quiso. No nada".
Eran las 11.38. "Voy a volver por la avenida a ver si encuentro alguna parrilla para comer algo. Me dio hambre. Los bombones me los como de postre. Ya fue, nunca más cuidarme por la dieta que esta me ponía. Ya fue", pensó él.
Eran las 11.43. "Voy a volver por las calles de adentro así nadie me molesta. Y, además, así tiro este osito de mierda en algún basurero. Ya fue, nunca más ositos para nadie. Ya fue", pensó ella.

sábado, 26 de mayo de 2012

HdP 8: Para vestir Santos

"¡El mono! ¡Un mono! ¡Ahí, mirá!".
Ella subía en el teleférico del Morro Do Itararé, de Santos. El bajaba. Sus miradas, intensas y deseosas, se cruzaron un par de segundos que parecieron eternos. Como único testigo quedó ese mono, colgado de una rama, imperturbable, con la Avenida Ayrton Senna a sólo 100 metros y el mar a 200. Difícil imaginar otro lugar del mundo donde se produzca esta combinación: la playa, ancha y larga, como típica postal brasileña rodeada de morros, separada de la calle por un jardín ("o mais grande do mundo", según todos los santistas), bordeada por la avenida que no deja de fluir autos y autos. Cruzando, los edificios altos, que marcan el crecimiento de la ciudad, todos con vista al manso Atlántico que allí lamen la playa como caricias. Y enseguida, el morro. Fabulosa combinación de mar, arena, cemento y vegetación. Mucho de todo en un pequeño pedacito del planeta.
Dejaron de verse y miraron para adelante. Cada uno siguió uno con su paseo, con su geografía. Para arriba y para abajo. Fueron solo cinco metros, hasta que de nuevo, coreográficamente, se dieron vuelta para que las miradas se conecten una vez más. Aunque sea por última vez. Valía le pena.
"Imposible", pensó él sobre cualquier plan novelesco de esperarla en tierra firme: el tiempo no daba margen para llegar al aeropuerto de Garulhos, de Sao Paulo, la ciudad más poblada de Sudamérica con 11.244 369 de personas en la urbe según el último censo y casi 20 millones en sus alrededores. Es, también, conocida como la urbe donde el tráfico se devora cualquier urgencia y hay un motivo: "Se entregan 800 por día", asegura el conserje del hotel en un español entendible.
"Salí temprano", fue el consejo de todos. Profecía cumplida: el avión de regreso a Buenos Aires tardaría 20 minutos menos que las 3 horas para recorrer los 83 kilómetros entre la capital del corazón paulista y el tercer puerto del mundo, tal como es Santos, aunque el taxista de regreso al hotel se niegue a aceptar la realidad que Shangai, en 2004, superó a Rotterdam en la cima y colocó a Santos en el tercer escalón del podio. "Formigas", dice el remisero señalando los coches que salen de todos las autopistas que son la escenografía natural de San Pablo. Un laberinto de rodovias (una de ellas, de las más importantes, llamada Ayrton Senna) indescifrable para el extranjero.
"Que linda era esa morocha del teleférico. La cara más angelical que vi en mi vida". La cabeza lo guiaba una y otra vez hacia ese rostro, por la intensidad del mismo y, también, como buen bálsamo para curar heridas futboleras por la derrota del club de sus amores en la excursión brasileña. "Las mujeres pueden ser todo: remedio, bálsamo y enfermedad", le decía siempre su amigo Cacho, simpatizante de la contra pero al que se le perdonaba ese error imperdonable solo por ser el mejor filósofo de la vida que conoció.
"Bueno, no la veré más, fue una aparición mágica. Pero cada primero de septiembre como hoy levantará la copa al cielo para brindar, en su honor, por la belleza femenina", se prometió. El destino, mago eterno, una oportuna neblina y la demora del vuelo a Buenos Aires los juntó en la misma sala de embarque de Garulhos. El, con la mirada casi perdida dominado por el sueño de una noche sin dormir y con algunas lágrimas derramadas por sus colores, reconoció la voz de inmediato: "¡Ey, mono!". Levantó los ojos y vio los suyos, todavía más cautivantes de lo que estaban que algunas horas atrás.
Lo que siguió fue una sucesión de palabras a dos voces sin un segundo de pausa en algo más de dos horas. Una hermana casada con un brasileño la llevó de visita hacia la bellísima Santos por tercera vez. Ya conocía la ciudad tanto como para llamarla su segunda casa, detrás de su amadísima Bogotá. Le habló de Trem Bélico, un museo de armas brasileño montado en una casa de 1640, según el guía la construcción más vieja de Brasil. Del Pantheon dos Andradas, donde descansa José Bonifacio, conocido como el "Patriarca de la Independencia". Del imponente Museo del Café, que cuenta la historia de la producción del "grano de oro" en Brasil, que entre octubre de 2010 y junio de 2011 vendió fuera de su país 26.368.037 de sacos de 60 kilos, el máximo exportador del planeta por delante de Vietnam. Del casco histórico, descripto, según el escucha, como una mezcla de San Telmo por la historia, de La Boca por lo colorido y del Once por los comercios.
El, un cuasi neófito en viajes y virgen de conocimientos de Brasil, cuando pudo meter su bocado le habló de sus sensaciones de la gente. Que el fútbol se siente en cada esquina. Que Neymar todavía está a años luz de Messi aunque tiene una obsesión similar por el dinero y hace publicidades de inmobiliarias y hasta de calzoncillos, como Leo hace de zapatos y hasta de yogur. Que el pequeño pero coqueto estadio de Vila Belmiro eriza la piel cuando los 15.000 brasileños gritan “Saaaaantooooos”, así, con las vocales bien estiradas.
También le habló de las mujeres. Que percibió que, a diferencia de su país, no usan aritos más que en las orejas ("allá se ponen en toda la cara por la moda wachiturra", le contó y, por vergüenza, prefirió cambiar de tema cuando ella le preguntó que son los Wachiturros). Que en otra diferencia con las "chicas" de Buenos Aires, las mujeres en Santos no tienen problemas en mostrar sus panzas o sus celulitis. Que si el pantalón aprieta y salta el rollo, que salte. Que si la remera es corta y se ven los kilos de más, que se vean. Que si la actitud manda, que mande. Esa es la fórmula de la felicidad brasileña. "O mais grande del mundo", dicen ellos.
"Ultimo aviso del vuelo 2245 de Aerolíneas Argentinas rumbo al Aeroparque Jorge Newbery, de Buenos Aires". "¡Ese es el mío! Me colgué hablando con vos", exclamó. Le dio un tierno beso en la mejilla. Se miraron y hubo más: siguió otro apasionado en la boca. "Sandra Aristizabal, ¿no? Te busco en el face o te escribo por hotmail", le dijo mientras corría para no perder el vuelo.
No llegó a darle tiempo para que ella le aclare que, al revés de cómo sucede con este típico apellido colombiano, el suyo es primero con z y después con s. Ninguna red social lo ayudó a encontrarla. Fueron dos semanas de, todas las noches, probar y probar. Hasta que el tiempo, ese curador de heridas, cicatrizó. Se acordó de Sabina ("no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió") y dejó en manos del destino, de los monos y de Santos un nuevo encuentro.
Igualmente, aunque fuera perdiendo pelo y ganado canas, aunque su soledad se cambie por la familia tipo que construyó con el amor de su vida, una bonita rubiecita de Barracas que lo acompaña en cada paso, todos los primeros de septiembre de su vida, en el zoológico de Buenos Aires, el ritual se repetirá: levantará la copa frente a la jaula de los monos y brindará "por la belleza". Nunca se enteró que en Bogotá se levantará una copa al cielo: "Por los monos. Y por las miradas".

sábado, 19 de mayo de 2012

HdP 7: Pan y circo

"Estuviste fantástica. Tengo mucho espectáculo visto en mi vida. Vos brillás. Tomá, esta es mi tarjeta. Escribime. Tenés futuro".
Roberto Moyano, manager artístico, www.rmproducciones, el teléfono y el mail. Eso decía en la tarjeta más lujosa que había visto en su vida. “Uh, debe ser importante”, fue lo que llegó a pensar en ese puñadito de segundos hasta que de atrás, con un grito, la levantaron por el aire y sus piecitos no tocaron más el piso. "Preciosa, ¡que bien! ¡El trapecio, la soga, todo! ¡Sos una genia, mi amor!". Continuó un beso de varios segundos y le dio abrazo más grande de todos los abrazos.
Media hora después pudo relajarse. Ya habían pasado todas las felicitaciones familiares y todas las de sus amigos. Hasta algún que otro desconocido, le levantó el pulgar tras la función. "Me cambió y vamos", le dijo a su prometido, que como ostentosa respuesta le mostró la tarjeta de reservación del lujoso restaurant donde la lleva para celebrar noches especiales (allí, por ejemplo, a la luz de las velas de una noche primaveral, él le ofreció casamiento. Un minuto tardó en llegar el sí. "Te quedaste muda. Seguro es la emoción", le dijo esa vez... "Sí, ehhh.. Sí, sí claro”, fue la respuesta).
Nunca llegó a ver la tarjeta. Sus ojos estaban lejos, haciendo una recorrida por todo el lugar. No vio a nadie: ya estaba vacío. Insistió con otra mirada: nada. No hay peor vacío que el que no se quiere ver. Por eso, probó una tercera. Allá, al fondo, vio una silueta que la saludaba. "¡Sí, vino!", pensó mientras el corazón galopaba como en momentos especiales, solo cuando hay cosas que motiven ese galope único y emocionante. Pero no: era el cuidador de Circo Beat, que sacudía la mano en ese inequívoco gesto que pide celeridad.
El pequeño camarín lucía algo oscuro. Por eso lo revisó de punta a punta cinco veces. Por las dudas. Las flores y los bombones de su prometido yacían en el suelo. No había nada. Había muchas cosas, pero no lo que esperaba. Era la peor nada, la que no da lo que se espera.
Una lágrima le recorrió la mejilla mientras se cambiaba y se ponía el vestido escotado que tanto le gustaba a él. Se pintó los labios, se peinó, los anillos, las pulseras y salió. "Uy, las flores". Volvió a entrar para levantar las rosas, pero olvidó los bombones. "Mi vida, que linda vestido escotado. ¿Especial para mí?". "Sí, ehhh. Sí, sí, claro".
La luna estaba más llena que nunca, tanto que no hacía faltan los faroles de la noche para iluminar la escena. "Mi amor, ¿no me escuchaste? Llevás varios segundo ahí parada. El auto está para allá". Quieta en la puerta, no se atrevía a poner un pie en la vereda. Miraba para todos lados. Una y otra vez. Y otra. Buscaba y buscaba. Miró la luna llena y lo de siempre: la maldijo. Subió al Mercedes negro de vidrios polarizados y, melancólica, hurgaba por cada rincón de la calle mientras todo quedaba atrás. Todo.
"Mirá, pedí que preparen el pan que tanto te gusta. Para una perfecta artista de circo, el pan perfecto". La respuesta fue una sonrisa tibia y un beso casi frío. Una hora y dos champagnes después, ya en el momento del regreso, tuvo que responder la pregunta que no quería escuchar: "Mi amor, fue una noche fantástica. Tu primera actuación en público, ovacionada... ¡Te aplaudieron de pie! Pero no sé, te noto algo triste. ¿Estás bien?". "Sí, ehhh. Sí, sí claro". "¿Segura? Algo raro te pasa, te conozco...". Usó un viejo truco femenino: un beso de esos rabiosos, de lengua intrépida, de labios mordidos. Un beso como el mejor bálsamo. "Mmmm, que rico. Te como toda, ¡preciosura!".
En el viaje de vuelta se quedó dormida. Será por eso que, somnolienta, al entrar al departamento, no vio el sobre tirado en el palier que decía: para la chica del quinto b. "Uy, mirá, una nota para vos. Seguro es de una vecina que te felicita. A ver...". El texto era corto, escrito en computadora: "Los sueños son el alimento del alma. Sabía que ibas a llegar. Mandale un beso grande a tu porvenir". No necesitaba más nada. De nada. "¡Que linda nota! Lástima la vecina no firmó. ¡Qué boluda! Ey, no llores, tonta. Bueno, sí, fue un día de muchas emociones. Vamos arriba y te hago unos mimos muy lindos, ¿querés?". Diez segundos después, cuando pudo recuperar el habla, contestó: "Sí, ehhh... Sí, sí, claro".

sábado, 12 de mayo de 2012

HdP 6: Las llaves del reino

-Acevedo y Vera, por favor...
Desde el Obelisco, tomando Córdoba derecho, el taxi tardaría unos 10 minutos. Casi era medianoche, había pocos autos en este jueves de invierno, comienzo de fin de semana largo. Sí, a lo sumo, 15...
-Siempre acá el tránsito se frena. Nunca entendí el motivo: si Córdoba se abre en dos, y nace Angel Gallardo, los autos tienen más espacio para circular. Entonces, ¿por qué se frenan?
-Mirá, mi experiencia me dice que debe ser porque los que vamos a tomar Córdoba venimos por la izquierda y nos acordamos tarde de pasar para el otro lado. Y los de Angel Gallardo, lo mismo.
-Una vez puede ser, ¿pero siempre les pasa?
-Y no sé, pero debe ser esa la razón. No encuentro otra. Bueno, ahora lo pasamos y vamos más rápido, tranquilo, ya vas a llegar. ¿Día duro?
-Tiempos duros. ¡Mujeres!
-Uh, el gran misterio del universo.
-¡Exacto! Junto con la encrucijada de Córdoba y Angel Gallardo, es el gran dilema de la vida: el cerebro femenino.
-Bueno, con el primero te ayudo, con el segundo no.
-Ya lo decidí: en mi próxima vida seré gay. En esta no me sale, pero en la que viene no quiere soportar más mujeres. Ningún hombre por más afeminado que sea puede actuar como una mina. ¡Ninguno!
-Son así: hermosas, pero muy difíciles.
-Sí... Y te dejan la cabeza así, como un torbellino.
-Llegamos campeón. 38 pesos.
-40, quedate con el vuelto.
-Gracias, campeón. Descansá, que pareces filtrado. Mañana empieza otro día. Y pasado otro, y después otro. Nunca falla.
-Eso haré.
La puerta del departamento golpea con fuerza al cerrarse. "¿Cuándo van a poner algo para que no pase esto?", pensó. De lejos ve como alguien sube al ascensor. "¡Arriba!". Cinco dedos pintados de rojo furioso hacen la señal de la espera. El ascensor se queda ahí, inmóvil, con la puerta abierta, obediente, esperando la señal para comenzar su trabajo. Un autómata más como tantos en esta vida.
-Arriba, por favor. Ah, hola, ¿cómo estás? Vamos al sexto los dos, así que toco el seis, je.
-...
-Hace frío, ¿no?
-Sí, bastante.
-Se vino el invierno... Bueno, llegamos. Que duermas bien. Abrigate, je.
-Gracias.
Pensó: "No sé si esta mina es misteriosa, histérica, tímida, loca o qué tiene en la cabeza. Pero es hermosa. Mujer, listo. Cinco letras”. Mientras su llave lograba conquistar la puerta de su reino, la vecina rasqueteaba sin éxito hasta el final de su cartera.
-¿Todo bien?
-No, creo que perdí mis llaves.
-Uy, ¿y ahora?
-Voy a llamar a mi prima que vive a 15 cuadras a ver si me las trae. Me mando mensaje que estaba despierta y quería venir, pero yo necesitaba estar sola.
-¿Hombres?
-Y sí, somos difíciles...
-¿Difíciles? ¡Son imposibles!
-Bueno, mientras llega tu prima, si querés te invito a pasar a mi reino para que no tomés frío.
-¿No te jode?
-No, para nada.
-Bueno, gracias.
-¿Querés un poco de vino? ¿Tengo uno especial?
-Nada más que una copita, porque más me marea.
Puso Norah Jones, y abrió ese cosecha 55 que guardaba para una ocasión especial.

sábado, 5 de mayo de 2012

Hdp 5: El club de las yeguas

-"Vos tomaste mucho, ¿no flaquito?".
Era una noche con olor a sexo en el bar de los jueves de trampa. De fondo, Amy Winehouse destilaba penas y desamores por su garganta inmortal. Bajito, como para no entorpecer los levantes de rutina. Por todos lados revoloteaban los fantasmas de hormonas de otras noches. Saltando y saltando, danzando en el aire, jugueteando y, cuanto menos, terminando con lenguas entrelazadas y cruces de mails y pins. Siempre fue, es y será así. Cuanto más, el sexo rápido, furioso y sin futuro a mediano plazo era la siguiente estación. Después, el tren partirá.
Sobre la mesa yacía una botella de cerveza a un vaso de morir. Su currículum indica, el del flaquito, indicaba: honesto, trabajador, amiguero, y borracho a partir de dos litros de rubia. Justo ella, morocha de curvas grandes y rectitudes pequeñas, reina de la primavera 2009 y miss deslealtad en 2010-2011 y candidataza en 2012, le insinuaba su estado de embriaguez.
-¿A vos te parece que estoy borracho? Tal vez sí, tal vez no. Tal vez los que siempre te dicen que sí sean sobrios. Tal vez haya que estar borracho para decirte que no...
-No, pará, flaquito. A mí nadie me dice que no. Ni sobrios ni borrachos.
-¡Felicitaciones!
-¿Me estás cargando?
-Para nada. En el reparto de la vida no me dieron ironía. Uy, sonó a versito. -Te cuento, flaquito. Yo soy la presidente de lo que con mis amigas llamamos el club de las yeguas. Nos aprovechamos de nuestra belleza. Hacemos lo que queremos, cómo queremos y cuándo queremos. Somos tres, bah, ahora cuatro. ¿Ves aquella rubia? Pelo largo hasta la cintura y largas piernas. Irresistible. Está hablando con esos dos musculosos. Es probable que termine con los dos: le gustan los tríos y sentir que los vence a ambos. El poder. Porque es así, los vence a ambos por puesta de espaldas tras varias horas de combate. Ahora mirá para allá. ¿Ves esa de pelo corto muy muy muy tetona? Un ángel delicado que sueña con poetas de contenedor, pero que mientras tanto sucumbe ante los encantos de hombres maduros con billeteras abultadas, autos importados y que encantan serpientes femeninas con generosos regalos para demostrar su poder, ¿viste? Ahora incorporamos a esa gordita. Insistió e insistió para ser socia del club. La pusimos a prueba y después de dos meses de recorrer decenas de bares y boliches nos demostró que es digna de su carnet. El don de la simpatía la hace vencedora cada madrugada. ¿Sabes por qué? Como muchos se sienten intimidados por nosotras, van a lo seguro y ahí la gordita es campeona de campeonas. Poderosa ante los que piensan que ganan después de la derrota, pero no, vuelven y vuelven a perder. ¿Entendiste?
-Sí, pero no hablaste de vos.
-Me dejé para el final, flaquito. Apenas pongo un pie en lugares como estos, siento que me desnudan unos cientos de pares de ojos. Me recorren desde la cima de mi pelo azabachado hasta la punta del dedo gordo que ansían chupar como siervos a mis pies, como esclavos felices de su eclavitud. Me penetran con sus pupilas por cada agujero de mi cuerpo. Me prometen lo imprometible desde el latido galopante de sus corazones excitados y temerosos a la vez.
-Que interesante, pero...
-No, no hablés, flaquito. Yo te explico. Las mujeres no necesitamos demasiado para el revolcón de ocasión. Tenemos el poder. Porque de eso hablamos, de revolcones que tienen el tiempo contado. Una miradita, una cerradita de ojos, y una bandada de buitres de rapiña revolotearán por nuestros cielos. Y yo soy, sabelo, la encantadora de buitres. Ahora, flaquito, ¿me explicás por qué mierda no me llevaste a coger esa noche de lluvia, hace dos semanas, después de hacerme todo el verso barato de Freud, Stamateas, Jagger y Piazzola?
-Tenía partido de fútbol al otro día. Soy rápido. Por eso me dicen el pájaro. Qué curioso, ahora que lo pienso, los pájaros vuelan más bajo que los buitres.
-Vos estás borracho, ¡boludo!
-No, me falta una cerveza todavía. Perdoná, te dejo. Mañana tengo partido con los chicos de la oficina. Solteros contra casados. El que pierde paga el asado y se hace acreedor a las cargadas anuales. No puedo perder.
Le dio un beso sutil en la comisura de los labios y salió a conquistar las calles en su regreso. Afuera, había empezado a garuar.

sábado, 28 de abril de 2012

HdP 4: La noche perfecta

...Y pasaron tres noches desde aquella noche. Una nueva oportunidad para encontrar caminos nunca caminados. La esperanza, siempre la esperanza. Esa mujer seductora y traicionera que conquista lo inconquistable. Esa fragilidad de pisar y sentir, de creer que la huella que queda, esta vez sí, será la correcta. Pero al dar el siguiente paso, la mirada retrospectiva plantea dudas sobre el antes y el después. Siempre dudas. Siempre.
Setenta y dos horas después desde aquella noche. Un nuevo paquete de forros yacía intocable en el cajón. Por las dudas. Las cortinas bajas hacían más tenebroso al ambiente. El contestador automático titilaba un rojo tras rojo. Una esperanza tras otra. Una frustración tras otra. Play...
"Loco, soy el Negro. No entendí un carajo el mail del otro día. ¿Qué mierda quisiste decir? ¿Estás bien? Llamame y vamos a cenar un día de estos”. El siguiente. "Hijo querido, amorcito. Que lindo abrazo y beso me diste el otro día. ¿Estás bien? Venite a cenar un día de estos y te hago esos ravioles con estofado que tanto te gustan. Sí, los de ricota. Y de postre, budín". El que sigue. "Hijo de mil puta. Cuando te cruce por la calle te hago mierda. No vas quedar bien, te lo aseguro. Ah, y te confieso: en todos los años que cogí con vos, me sobran los dedos de una mano para recordar los orgasmos que tuve. Impotente". Uno más: "Perdoname. Sé que en los años de secundaria vos y yo, bueno, eso, ya sabés. Que si, que no. Adolescentes puros, ¿no? Tal vez con mi mensaje en face te entusiasmaste y yo no te aclaré que estaba casada y con tres hijos. Tal vez en la próxima vida. Tal vez. Nunca se sabe, ¿no?".
El DVD de siempre. El beso a Toto de despedida. "Cuidate, campeón. Y sé feliz. Vos tenés claro como es eso de ser feliz. Ya sabés: siempre seguí tu olfato. Vos no podés fallar. Vos no vas a fallar". Toto lamió su cara, y se volvió a tirar a los pies de la cama. "Entendió. Estoy seguro que me entendió".
El arma, reluciente, salió del cajón lista para dar batalla. La vista que pispeó los forros que nunca trabajaron. El guitarrista que hacía el solo preferido. "Como toca este hijo de puta". Afuera, el negro de la noche. Adentro, el negro de la vida. Y ese disparo a la sien implacable que tardó tres días en salir.

lunes, 23 de abril de 2012

HdP 3: El día imperfecto

Acomodó el revólver en el cajón de la mesita de luz, al lado del paquete de forros sin abrir. Cambió de opinión: agarró ese sucio paquete, maldijo, y lo tiró a la basura. Llevaban un año y monedas ahí y se estaba cerca su fecha de vencimiento. Como la de él.
Puso el despertador a las 8. Tomó dos alplax para asegurarse de tener un sueño profundo e inalterable. No iba a ser cosa que esa noche, la última noche, llegue con insomnio. Puso el DVD de su banda de heavy metal preferida y lo miró hasta que los ojo se le cerraron.
A las 8.30 ya estaba bañado, perfumado y en la calle. Listo para encarar el día perfecto. Tenía un papel con algunos nombres propios marcados. Y, también, con algunos cosas por hacer. Empezó con lo más simple: la carta de renuncia y el golpe directo al mentón para el maldito dueño del bar que lo basureaba todo los días. A la apetecible cincuentona del apetecible escote que desayunaba todos los días el café con leche mitad y mitad con dos medialunas, le regaló una flor y una nota de una sola palabra: “Lástima”.
Tomó el subte rumbo al centro. Le dio billetes de a cien a los tres vendedores ambulantes y a los cinco mendigos que encontró en el camino. Bajó en Florida, caminó hasta San Martín rumbo a Tucumán. Le regaló un “hermosa” a las mujeres más feas que encontró en el camino. Doble razón: alegrarles el día y vengarse de todas las lindas que nunca siquiera le agradecieron un piropo.
Quinto piso de un antiguo edificio. Ahí estaba su hermano, enterrado entre papeles de impuestos y vencimientos. No le dijo nada: lo abrazó, le dio dos palmadas y se fue rumbo a Lavalle. Su próxima parada era Pippo. No le alcanzó un plato de fideos: pidió dos. Pipón, a punto de reventar, sentía que iba a morir indigestado. Pero no, para ese asunto de la muerte faltaban unas horas todavía.Llegó al Abasto y vio la última de Woody Allen. El cine estaba casi vacío, como están los cines los lunes a media tarde cuando dan una de Woody Allen. Aplaudió al final, dejó casi completo el balde de pochoclos, revisó la lista y vio que le quedaban 4 ítems sin tachar. Los dos primeros los realizó cual trámite bancario: “Egoísta de mierda. Ojalá te mueras poquito después que yo”, le escribió a su primera ex vía sms. “Fue lindo mientras duró”, fue el mensaje para la segunda. Su celular comenzó a sonar antes de salir volando por el cielo, caer y romperse en mil pedazos.
“Hola, mi amor, ¿comiste?”, fueron las primeras cuatro palabras de su madre. Siempre son las primeras cuatro. “Sí, mamá. Vengo a decirte que te quiero mucho. Mucho”. Se dieron un abrazo interminable, hasta que el abrazo terminó. “Me voy”. “¿Ya? ¿Tan rápido? No comiste nada. ¿Te hago un churrasquito?”. Por suerte, pasó un taxi muy rápido. Doble día de suerte: no había tránsito. Triple: todo estaba saliendo tal cual lo planeado. Por primera vez en su vida todo salía tal cual lo planeado. "Es un día perfecto", se explicó a sí mismo.
Toto lo esperaba moviendo la cola y saltando de alegría. Le dio un hueso que tenía guardado, prendió la computadora y abrió su casilla de Hotmail y su cuenta de Facebook. No había ningún mensaje nuevo. “Nadie sabe que existo”, pensó. “Negro, te pido un favor grande. Cuidalo a Toto. Sino podés vos en tu casa, tu primo que vive en el campo seguro lo querrá. Gracias por todo el aguante que siempre me hiciste. Mi vida hubiese sido todavía peor sin vos”. Fue a la pieza, tomó el revólver, lo lustró y se lo puso en la sien. Transpiró como nunca, contó de 10 a 1 y, en el 2, temblando, escuchó ese ruidito que sale del parlante cuando llega un mensaje de facebook. “No, no importa”, pensó. Retomó desde cinco. Cuatro, tres, dos... Hasta que llegó el segundo y la curiosidad fue más fuerte.“¡Hola! ¡Tanto tiempo! Soy Gabriela, tu compañera de la secundaria. ¿Te acordás? Bueno, este viernes nos juntamos todos a recordar esos años. Venite”. Luego, el siguiente decía: “En la pizzería de la esquina del cole”. Los pupitres, el pizarrón, el jumper, Gabriela y ese amor imposible. Ruidito. Nacía un tercer mensaje: “No me falles”.
Fue a la cama, puso el DVD de la banda de heavy metal, tomó un alplax, y guardó el revólver en el cajón de la mesita de luz, justo al lado del paquete que no estaba. Mientras los ojos se le cerraban, miró a Toto y le dijo: “Tengo que comprar forros. Por las dudas”. Y se durmió.